POLITICA
Viernes, 25 de Septiembre de 2020 | Hace 1 mes

¿HABRÁ LLEGADO LA HORA DE “QUE SE VAYAN TODOS”?

La Argentina se debate en una profunda crisis socioeconómica potenciada por la existencia de un gobierno autista que se debate en banalidades sin encontrar las respuestas que con urgencia el país necesita

 

El gobierno presidido por Alberto Fernández apela a todo tipo de distracción para ocultar o al menos disimular la profunda crisis que atraviesa la Argentina. Probablemente la más grave en más de sus doscientos diez años de vida independiente.

Crisis heredada de los doce años de gobierno del matrimonio Kirchner y los cuatro de Mauricio Macri pero que se ha potenciado por el desacertado manejo que la actual administración ha hecho de la pandemia del coronavirus covid 19.

El actual gobierno kirchnerista impuso una cuarentena total paralizando casi totalmente la actividad económica. Pero desaprovechó los primeros meses, en que el ritmo de contagios era lento, no implementó los necesarios protocolos preventivos, no adecuó las instalaciones sanitarias ni mejoró el equipamiento para el personal médico.

Durante meses las usinas propagandísticas oficiales insistieron en que el país saldría rápidamente y con mínimos daños de la pandemia. Incluso el presidente Fernández no dudó en realizar polémicas y poco diplomáticas declaraciones afirmando que Argentina había manejado mejor la pandemia que países como Suecia o Chile.

La falacia no pudo mantenerse por mucho tiempo. Los contagios y las muertes se dispararon y Argentina se situó entre los nueve países más afectados por la enfermedad y con un elevado índice de mortalidad con relación al número de infectados.

Para ese entonces la economía argentina que arrastraba años de recesión recibió con la cuarentena el golpe de gracia.

Miles de pequeñas y medianas empresas cerraron sus puertas definitivamente. Otra tanto debieron hacer emblemáticos comercios que llevaban décadas brindando sus servicios a la comunidad. La hotelería, los locales gastronómicos, los artistas, los comercios en centros comerciales con elevados alquileres y los pequeños locales familiares atendidos por sus dueños fueron los más afectados.

Pronto las ciudades argentinas adquirieron un perfil fantasmal con su muchos locales cerrados y con rojos carteles de “se alquila”. El microcentro de la “opulenta” ciudad de Buenos Aires es un claro ejemplo de ello.

En diciembre de 2019, cuando asumió la presidencia el binomio formado por Alberto Fernández y cristina Fernández Kirchner, el dólar blue cotizaba a 71 pesos por unidad, uno de cada tres argentinos se situaba por debajo de la línea de la pobreza y cuatro millones de habitantes percibían algún tipo de subsidio del Estado, se alimentaban en “comedores comunitarios” o recibían “bolsones de alimentos”.

Diez meses más tarde, el dólar blue cotiza a 147 pesos, dos de cada tres argentinos se sitúa por debajo de la línea de la pobreza y once millones de habitantes perciben algún tipo de subsidio del Estado, en especial el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de diez mil pesos que comenzó pagándose mensualmente (aunque con mucho atraso) y actualmente se paga bimestralmente. El número de quienes se alimentan en “comedores comunitarios” o retiran “bolsones de alimentos” de las municipalidades se ha multiplicado.

La jubilación mínima que reciben dieciséis millones de personas se fijo en septiembre en $16.864 pesos por mes. Es decir, que un jubilado debe sobrevivir con $526 pesos diarios. Con esa suma debe pagar impuestos (nacionales, municipales y quizás provinciales), luz, gas, teléfono, alquiler, posiblemente expensas a un consorcio y adquirir los medicamentos que por su edad (más de 65 años) y dolencias le demanden.

Veamos una interesante comparación. Un general de brigada del Ejército, con más de treinta años de servicio, según el Jefe de Estado Mayor del Ejército percibirá con los haberes del mes de octubre la suma de $ 95.199, que equivalen a U$S 648 dólares estadounidenses, una 5,6 jubilaciones mínimas. Pero esos haberes sufren descuento de aportes jubilatorios, obra social e impuestos a las ganancias.

Un diputado nacional recibe como honorarios por diversos conceptos la suma de $ 215.000 pesos mensuales, unos 1.462 dólares al cambio actual y el equivalente a 12,75 jubilaciones mínimas. También recibe descuentos por aportes jubilatorios y obra social. Pero, los diputados están exentos del pago de impuestos a las ganancias.

Si llevamos estas cifras valores internacionales un jubilado argentino percibe U$S 115 dólares estadounidenses, o sea unos tres con cincuenta dólares diarios. Lo mismo que gana un habitante de los países más pobres de África y Asia.

No puede sorprender entonces que muchos jubilados dependan de sus familiares más jóvenes, continúan trabajando mientras pueden o se convierten en asistentes a los comedores comunitarios.

Hoy un ejército de trabajadores desempleados anda a la caza de cualquier tipo de “changa” que le permita llevar alimentos y un poco de dinero a sus hogares. Muchos antiguos trabajadores mejor preparados y con más iniciativa aguzan su ingenio su inventiva para crear precarios “microemprendimientos”.

Algunos se dedican a producir velas aromáticas, otros venden esencias, preparan comidas caseras para entregar a domicilio, distribuyen productos de limpieza, ofrecen clases de yoga, gimnasia o reiki por internet, etc.

La imposibilidad de afrontar el pago de alquileres, expensas e impuestos ha obligado a muchas personas a apelar a la solidaridad de algún familiar que los albergue, a instalarse en precarias casillas en las villas miseria o directamente a entrar en “situación de calle”. Cuando no a participar en la usurpación de tierras y viviendas desocupadas por sus propietarios.

El empobrecimiento generalizado y la liberación indiscriminada de delincuentes presos ha incrementado considerablemente el número de delitos violentos. En especial los femicidios detonados por el encierro de la cuarentena y los crecientes conflictos familiares por falta de dinero.

Este es el desgarrador retrato de un país que ha entrado en una pronunciada anomia social, donde el que puede se va o hace planes para irse cuando disminuyan las restricciones impuestas por la pandemia.

Más de diez compañías globales (Falabella, Sodimac, Walmart, la aerolínea Latan, Air New Zealand, Emirats Airways, Qatar Airways, la aerolínea low cost europea Norwegian, la fabricante de pintura para automóviles BASF y su competidora Axalta, al autopartista francesa Pierre Fabre, la empresa de indumentaria deportiva Nike, la empresa alemana de packaging Gerresheimer, la firma de delivery Glovo y la empresa de comidas rápidas Burger King) abandonan el país por sus condiciones estructurales: la prohibición de despidos, las expropiaciones, imposiciones de tarifas controladas por el Estado, controles cambiarios, restricciones a las importaciones, elevados costos laborales, el poder de los sindicatos, etc.

No obstante, en algunas empresas internacionales dejan el país porque el poder adquisitivo de la población ha descendido tanto que no pueden adquirir los productos o servicios que comercializan. El sector más afectado por la pérdida de ingresos es la sufrida clase media argentina que cada día se reduce más.

Mientras los economistas privados recorren los programas periodísticos alertando sobre el sunami económico y social que amenaza al país. El gobierno y sus funcionarios viven una suerte de autismo en que sólo atienden sus intereses políticos, sus especulaciones electorales y sus ambiciones personales.

Cristina Fernández de Kirchner, la vicepresidente y líder autocrática del Frente de Todos esta inmersa en sus vendettas contra los miembros del poder judicial y algunos periodísticas críticos. Aunque su preocupación principal es obtener el sobreseimiento definitivo en las causas judiciales que la afectan a ella y a sus hijos. Para lograr ese objetivo no duda en llevar a cabo toda suerte de arteras maniobras desplazando a empellones a los jueces que los procesaron.

La vicepresidenta esta especialmente interesada en recuperar el patrimonio embargado por la justicia y cobrar la doble jubilación sin pagar los mismos impuestos a las ganancias que el resto de los argentinos.

En otras palabras, Cristina solo se interesa en su propios problemas y por mantener bajo control a su testaferro en la presidencia.

El presidente Alberto Fernández ha dinamitado toda su credibilidad afirmando primero una cosa y veinticuatro horas más tarde decir o hacer precisamente todo lo contrario. También ha perdido su imagen de político moderado con declaraciones confrontativas y decisiones sectarias que solo contribuyen a profundizar la grieta que divide a los argentinos. Como la  puñalada por la espalda que asestó a su “amigo Horacio” al sacarle autoritaria e inconsultamente un punto de la coparticipación federal a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para cubrir el desmanejo financiero del gobernador bonaerense, el kirchnerista Axel Kicillof. 

Si la situación no fuera tan dramática, las desopilantes declaraciones del presidente Alberto Fernández moverían a risa, pero en la situación actual solo causan pavor a quienes las escuchan.

Un día dice muy suelto de cuerpo que la Secretaria Legal y Técnica en lugar de cumplir con sus funciones se dedica a hacerle la “carta astral” y descubrir que es una suerte de “ave Fénix” que renace de las cenizas. Otro día obsequia un cachorrito a la madre de un joven asesinado y desparecido que reclama por la identificación y castigo de los asesinos de su hijo. Luego se congratula porque los argentinos podrán pagar un corte de cabello en dieciocho cuotas. Finalmente, el presidente que tiene su residencia privada en el barrio más costoso de la ciudad de Buenos Aires, Puerto Madero, condena a los porteños por vivir en la opulencia. Pero, que opulencia puede haber en la Villa 31 de Retiro, la Ciudad Oculta de Mataderos o la Villa 21 del bajo Flores, o en las decenas de precarios inquilinatos que sirven de refugio a miles de porteños pobres y a inmigrantes provenientes de los países limítrofes.

Con estas disparatadas declaraciones el presidente Fernández no hace más que descender en las encuestas. Hoy el presidente se ha convertido en el político argentino con mayor imagen negativa, superando por primera vez a su vicepresidenta Cristina Kirchner. En esta forma Fernández se equipara con su colega venezolano Nicolás Maduro quien suele hablar con los pájaros y con el espíritu de Hugo Chaves.

Los comportamientos bizarros dentro del kirchnerismo no son patrimonio exclusivo del presidente. Está semana la Cámara de Diputados de la Nación debió expulsar al diputado kirchnerista Juan Ameri. El legislador convirtió una sesión parlamentaria por zoom en una vídeo porno casero. Durante el debate, el diputado que se encontraba en su domicilio se dedicaba a besarle una teta desnuda a una de sus asesoras, a la vista de todos sus colegas.

Al mismo tiempo, el ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Solá presentó con bombos y platillos un nuevo mapa oficial de la República Argentina donde el sector antártico reclamado por el país -hasta ahora infructuosamente por la vigencia del Tratado Antártico de 1959 y la superposición con otras reclamaciones de soberanía en el continente blanco- aparece como la nueva y más grande provincia del argentina. Además de confundir los conceptos de aguas territoriales, zona económica exclusiva y plataforma continental entre otros dislates. Una fantasía total que se pretende presentar como un logro internacional de la gestión kirchnerista y que sólo servirá para generar conflictos con otros Estados.

La única solución que se le ocurre al gobierno kirchnerista frente a la crisis es aumentar los impuestos, incrementar los controles cambiarios y a estatizar aún más la economía, mientras se aumenta el gasto público creando nuevos juzgados u otorgando jubilaciones sin aportes previo incrementando aún más el déficit del ANSES.

No debe sorprender entonces que cada día más argentinos se pregunte hasta cuando seguirá esta disparatada aventura populista, como hará la Argentina para sobrevivir a ella y si no es necesaria una renovación profunda de la clase política. El demorado “que se vayan todos”.  

Autor: Adalberto Agozino

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