INTERNACIONAL
Miercoles, 29 de Enero de 2020 | Hace 2 meses

HACE 100 AÑOS NACÍAN “LOS NOVIOS DE LA MUERTE”

En 1920 el gobierno español creó el Tercio de Extranjeros para apoyar su política colonial en el Norte de África, que con los años se transformaría en la más emblemática fuerza de infantería de España.

El 28 de enero de 1920, el rey Alfonso XIII a propuesta del ministro de Guerra Enrique Pastor creo por Decreto Real el “Tercio de Extranjeros”, que en 1937 se transformó en La Legión Extranjera Española.

Un siglo más tarde, La Legión es una particular fuerza de infantería de choque cuyo lema es “Viva la muerte” y que lleva a sus desfiles a una cabra y que cada Jueves Santo rinde tributo a su protector el “Cristo de la Buena Muerte”. En la ciudad de Málaga, durante la Semana Santa, una escuadra de gastadores (zapadores o ingenieros de combate) de La Legión retira la gran imagen del “Cristo de Buena Muerte”, que pesa 150 kilogramos, lo carga a hombros entonando su himno, “El novio de la muerte”. El cortejo recorre con la gran imagen a cuestas las calles del casco histórico de la ciudad en medio de los aplausos y vivas de la población, hasta arribar al sitio de su entronización en la Plaza de Fray Alonso de Santo Tomás.

El Tercio de Extranjeros nació como resultado de la guerra colonial en Marruecos. En 1911, después de repartirse con Francia el territorio del hasta entonces independiente Reino de Marruecos, España debió afrontar hasta 1927, distintos alzamientos de líderes tribales que intentaron sin éxito expulsar al invasor.

La “Guerra de Marruecos” o “Guerra del Rif” pronto se trasformó en impopular. El pueblo rechazaba los intentos del rey Alfonso XIII y de los militares españoles de compensar sus derrotas en la Guerra de Cuba y la pérdida de los restos de su Imperio de Indias (es decir, sus colonias de América) con una aventura colonial en el Norte de África.

A comienzos del siglo XX, las tropas coloniales españolas estaban formadas por soldados muy bisoños, muchos de ellos campesinos adolescente y analfabetos, reclutados por “quintas” (el servicio militar obligatorio) que llegaban a África mal entrenados y faltos de espíritu de combate para enfrentar a los marroquíes que luchaban por su libertad en una contienda en la cual los insurgentes conocían bien el terreno montañoso y estéril, estaban perfectamente adaptados a él y contaban con el apoyo de la población local. Era una guerra cruel, sin la vigencia de la Convención de Ginebra y en la cual, con frecuencia, ningún bando tomaba prisioneros.

Los rifeños estaban conducidos por un caudillo nacionalista, el ex cadi (juez local) Mohammed abd el Karim-al-Jattabi, del clan de los Ait Yusef, un hábil conductor militar a quien los europeos denominaban Abd el-Krim.

Pronto, el Estado Mayor Español comprendió que para ganar la guerra debía reemplazar o complementar a las fuerzas de leva con tropas profesionales. La falta de preparación de las fuerzas coloniales españolas se hizo evidente un año más tarde en la batalla de Annual, la mayor derrota de un ejército europeo en África frente a fuerzas irregulares.

EL DESASTRE DE ANNUAL

A mediados de 1921, las tropas españolas estacionadas en el precario campamento de Annual, estaban dirigidas por el general Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, quién pretendían avanzar en dirección a la bahía de Alhucemas lugar considerado clave para dominar el territorio. El 1 de junio de 1921 tomaron el monte Abarran ubicado a solo 12 km de la bahía, pero los rebeldes rifeños liderados por Abd el-Krim realizaron un contraataque el mismo día y se adueñaron de la posición capturando algunos cañones. En respuesta las fuerzas españolas tomaron el monte Iguerriben, sin embargo esta segunda posición fue también sitiada por los rifeños y tomada el 21 de julio.

Al día siguiente, el general Fernández Silvestre ordenó la retirada del ejército español  en dirección a Melilla hostigado continuamente por las fuerzas rebeldes. Mal comandado el repliegue se desorganizó, ninguna unidad quería ser la última en escapar, y la retirada pronto degeneró en una caótica desbandada en la que se abandonaron los equipos y a los heridos. Los rebeldes rifeños se encarnizaron con los invasores que huían, el general Silvestre murió en circunstancias poco claras, posiblemente por suicidio, además diferentes compañías formadas por soldados marroquíes se sumaron a los insurgentes contribuyendo al desconcierto y el pánico.

El contingente español sufrió la pérdida de diez mil hombres. Finalmente, unos tres mil supervivientes alcanzaron el fuerte situado en Monte Arruit, donde se refugiaron mientras esperaban ayuda procedente de Melilla que nunca llegó. Fueron sitiados y después de resistir durante doce días, acuciados por la sed, el hambre y la falta de municiones, se rindieron el 9 de agosto, tras alcanzar un pacto con el enemigo por el que las tropas entregarían las armas y podrían retirarse libremente hacía Melilla.

El pacto no fue respetado por los rifeños que ultimaron a la mayoría de los  supervivientes, una vez desarmados, e hicieron prisioneros a los oficiales para pedir un rescate. El resto de las posiciones españolas pertenecientes al área de Melilla se encontraban aisladas entre sí y fueron atacadas y sitiadas por los rebeldes, algunas guarniciones pudieron escapar, pero la mayor parte de las tropas murieron en combate o fueron ultimadas por los rifeños tras rendirse.

EL NACIMIENTO DEL TERCIO  

El coruñés Millán Astray, un militar que terminaría su vida cargado de medallas a su heroísmo pero cojo, sin un brazo y tuerto, creó “El Tercio de Extranjeros” tomando como modelo organizativo a la Legión Extranjera Francesa. Como el cuerpo francés el Tercio de Extranjeros aceptaba en sus filas a españoles y extranjeros, incluso marroquíes, por igual, a los cuales no se les preguntaba su nombre real, se los protegía de cualquier persecución judicial y no se los juzgaba moralmente por su pasado. Al vestir el uniforme del Tercio, el nuevo recluta renacía como un “caballero legionario”.

Esto llevó al nuevo cuerpo a un conjunto de hombres de pasado violento, jugadores o estafadores que se hacía difícil de comandar. Para hacer más fácil la integración de los reclutas, Millán Astray se inspiró en el “Bushido”, el código moral de los guerreros samurai. El militar español había servido en Filipinas y había tomado contacto con la cultura militar japonesa.

El teniente coronel Millán Astray estableció, con la ayuda de su segundo al mando y comandante de la primera bandera, el mayor Francisco Franco Bahamonde, un programa de intenso y agotador entrenamiento acompañado de una brutal disciplina, similar al “marche o muera de los legionarios franceses”.

Este entrenamiento y la férrea disciplina inmediatamente dio sus frutos. Tal como lo evidencia el siguiente relato. La Primera Bandera del Tercio de Extranjeros al mando del comandante Francisco Franco marchar, la noche del 21 al 22 de julio de 1921, cien kilómetros en 33 horas. Las tropas del Tercio acudieron en auxilio de la colonia española en Ceuta después del “Desastre de Anual”. Cada caballero legionario, marchaba transportando su fusil con bayoneta y la dotación individual de municiones, dos caramañolas con agua y la mochila donde transportaba el resto de su equipo. La Bandera además arrastraba las mulas que transportaban el parque de refuerzo, las ametralladoras pesadas y los víveres, medicinas y otros elementos de campaña. La marcha se realizó por terreno abierto, en muchas partes desierto de arena.

La formación del legionario se complementaba con un código de honor que reforzaba la moral de la tropa. Un legionario era un “caballero”, un soldado profesional que peleaba con valor casi suicida por su honor, por su credo legionario, por su rey y su patria. En una ocasión Millán Astray dijo a un novel legionario: “Aquí se viene a velar por el día y por la noche, a luchar sin fatiga, a retirar muertos y heridos cuando sea preciso, y después de esto, ¡A morir!”

Como elemento final, Millán de Astray rescató la tradición militar española de los siglos XVI y XVII cuando los “Tercios de Flandes”, soldados profesionales armados una combinación de picas y arcabuces, se impusieron en todos los campos de batalla europeos donde la dinastía española de los Austrias los enviaron.

Así el Tercio se organizó en “banderas”, equivalentes al actual batallón, y tomó los tambores, cornetines y símbolos de los antiguos Tercios de Flandes.

El Tercio de Extranjeros era una fuerza de infantería de choque destinada a ser la punta de infantería en cualquier ataque. Era el primero en irrumpir en el campo de combate y el último en dejarlo.

España logró terminar con la rebelión en el Rif gracias a la ayuda que recibió de Francia y al empleo de vehículos blindados, aviación y, en especial, empleando gases tóxicos arrojados desde aviones y con sus cañones sobre los rifeños descalzos y sin mascaras antigás.

Pacificado el protectorado español en Marruecos, la Segunda República empleó a las fuerzas del Tercio de Extranjeros fueron empleadas para poner fin a la rebelión anarquista de Asturias en 1934. Poco más tarde, el Tercio de Extranjeros se convirtió en la fuerza de élite del Ejército de África (junto a las tropas regulares formadas por mercenarios marroquíes) que se sublevó a las órdenes del general Francisco Franco Bahamonde, en 1936, iniciando la Guerra Civil Española (1936 – 1939).

Durante la contienda fratricida el Tercio de Extranjeros se transformó en Legión Extranjera Española expandiendo sus efectivos hasta alcanzar las 18 banderas.

Terminada la Guerra Civil, la Legión Extranjera retornó a su acantonamiento natural en África donde en 1957/58 intervino en la “Guerra de Ifni”, más tarde en la crisis generada por la “Marcha Verde” que culminó con el retiro español del Sáhara (1975).

Tras una importante reestructuración en la década de 1990, ha participado en misiones de paz y operaciones militares organizadas por la ONU, la OTAN, la OSCE y la Unión Europea en donde se desarrollaban conflictos bélicos tales como Bosnia – Herzegovina, Albina, Kosovo, Macedonia, Irak, Afganistán, Congo y El Líbano.

Estos son “Los Novios de la Muerte”, posiblemente, como en el siglo XVI, la mejor infantería de Europa.

 

Autor: Adalberto Agozino

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