POLITICA
Domingo, 26 de Mayo de 2019 | Hace 3 meses

EL CORDOBAZO 50 AÑOS DESPUÉS

El 29 de mayo de 1969 estalló una huelga general en la ciudad de Córdoba que conmocionó al país y abrió un periodo de violencia revolucionaria que se prolongaría por más de una década ensangrentando al país.

UNA TRADICIÓN DE PROTESTAS SOCIALES

El “Cordobazo” fue el más importante hecho de “resistencia civil”, en Argentina, del último siglo. Se llevó a cabo contra un gobierno de facto y por su intensidad y por el apoyo espontáneo que recibió de la población convenció erróneamente a muchos jóvenes y dirigentes sociales de izquierda de que estaban dadas las condiciones objetivas para llevar a cabo un proceso revolucionario.

En algunos izquierdistas creó la falsa imagen de que la “Revolución Socialista” estaba a la vuelta de la esquina. Era muy fácil entonces caer en la errónea creencia que con unos pocos años de militancia violenta y de lucha armada se tomaría el poder. Los militantes radicalizados llegaron a pensar que era suficiente con pasar unos años en el monte tucumano para luego convertirse en heroicos y poderosos “comandantes” revolucionarios y, por que no, en ministros, embajadores y otros importantes funcionarios que construirían la prospera “República Socialista de Argentina”.

El “Cordobazo” de 1969 se inscribe en la línea de otras rebeliones populares como la Semana Trágica de enero de 1919 y las huelgas revolucionarias de la Patagonia entre 1921 y 1922 durante el gobierno constitucional, democrático y popular de Hipólito Yrigoyen o más recientemente los sucesos, del 19 y 20 de diciembre de 2001, que terminaron con la presidencia democrática del ineficiente Fernando de la Rúa.

Las protestas obreras ocurridas durante el primer gobierno radical reconocen como antecedente directo los ajustes económicos, sociales y humanos ocurridos durante la primera posguerra mundial y especialmente el ejemplo de la Revolución Bolchevique que terminó con el Imperio Ruso y que generó una ola de contagio revolucionario que se expandió por los medios proletarios y sindicales a lo largo del mundo.

Algo similar ocurrió con el “Cordobazo”. Se produjo en un contexto mundial condicionado por la Revolución Cubana y su “sponsoreo” a los movimientos revolucionarios de América Latina, la muerte del Che Guevara en Bolivia en octubre de 1967. El Bloque Socialista se conmocionaba y dividía frente a la represión de la “Primavera de Praga” en enero de 1968. En Europa los gobiernos enfrentaban la rebelión estudiantil derivada del “Mayo Francés”, de 1968,  con su demanda de “la imaginación al poder”. Los Estados Unidos, empantanados en la Guerra de Vietnam debían enfrentar la “Ofensiva del T?t” –el Nuevo Año Lunar- que jaqueó Saigón indicándole a los americanos que nunca ganarían esa guerra.

En Argentina también se vivían tiempos convulsionados. Desde su exilio madrileño, Perón asumía el discurso de liberación nacional y alentaba a las “formaciones especiales” a no dar tregua al gobierno militar para obligar a los altos mandos de las Fuerzas Armadas a permitir su regreso al país y a convocar a elecciones. En 1968, los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Peronistas caían presos en su “Campamento del Plumerillo”, en Taco Ralo, provincia de Tucumán. La CGT se dividía en dos. Por un lado la CGT oficial o “vandorista”, denominada “CGT Azopardo” porque funcionaba en el local original de la central obrera en la calle Azopardo y que respondía a las directivas del dirigente metalúrgico Augusto Timoteo “El Lobo” Vandor enfrentado a Perón. Mientras que los gremios combativos constituían la “CGT de los Argentinos” o “CGT Paseo Colón”, debido a funcionaba en la sede de la Federación Gráfica Bonaerense, sito en la Avenida Paseo Colón al 600. Estos últimos respondían al sindicalista gráfico Raimundo Ongaro. Los gremios combativos eran Luz y Fuerza, petroleros, portuarios, telefónicos, empleados de farmacia, trabajadores del azúcar, etc.

La Argentina estaba gobernada por el Teniente General ® Juan Carlos Onganía en nombre de la “Revolución Argentina”, que el 28 de junio de 1966, derrocó al gobierno constitucional del radical cordobés Arturo U. Illia. Onganía era un militar nacionalista de pocas ideas, todas ellas de carácter conservador, autoritario y clerical. Admirador del régimen de Francisco Franco Bahamonde, igual que él pretendía eternizarse en el poder.

 

LA DETROIT ARGENTINA

 

A partir de 1957 la ciudad de Córdoba desarrolló una importante base fabril metalúrgica, especializada principalmente en la fabricación de automóviles, al punto de que Córdoba Capital recibió el apodo de “la Detroit argentina”.? Las principales fábricas de automóviles fueron la planta Santa Isabel de IKA-Renault, ubicada en el extremo sudoeste de la ciudad, que empleaba a 11.486 obreros y las tres plantas de FIAT, ubicadas en el extremo sudeste, sobre la estratégica Ruta Nacional N° 9, donde trabajaban unos 11.000 operarios. ? Debido a la importancia de la industria automotriz, el SMATA era el sindicato más importante de Córdoba, agrupando a los trabajadores de IKA-Renault y las demás empresas automotrices, con excepción de las fábricas de FIAT, cuyos trabajadores se habían organizado en dos sindicatos de empresa, Sitrac y Sitram, que no adhirieron inicialmente a la huelga que dio origen al Cordobazo.

Luego del derrocamiento de Perón en 1955, el sindicalismo cordobés había adoptado una organización pluralista, en la que convivían solidariamente las corrientes peronistas ortodoxas, heterodoxas y combativas, con las corrientes comunistas, socialistas y radicales.

El movimiento estudiantil también tenía un importante desarrollo en Córdoba, sede de la universidad más antigua del país, con una población de 30.000 estudiantes, 5.000 de las cuales se reunían cada noche a cenar en el comedor universitario. ? Muchos de ellos vivían en el barrio Alberdi, alrededor del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina, caracterizado por la alta cantidad de pensiones para estudiantes.

Las principales agrupaciones estudiantiles eran los radicales de Franja Morada, los socialistas del Movimiento Nacional Reformista (MNR), los comunistas revolucionarios (maoístas) del Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda, los peronistas del Frente Estudiantil Nacional y los comunistas ortodoxos del Movimiento Universitario Reformista (MUR).? La Federación Universitaria de Córdoba (FUC) estaba conducida por Carlos Scrimini, del MUR (PC). Una de las políticas del movimiento estudiantil argentino y cordobés en particular, era la unidad obrero-estudiantil.

EL DETONANTE

El 12 de mayo de 1969, el gobierno de Onganía, sancionó la Ley 18.204 estableciendo un régimen de descanso semanal uniforme en todo el país. La ley garantizaba el descanso continuado a partir del sábado a las 13 horas (sábado inglés) y todo el domingo, con una jornada semanal de 48 horas. En Córdoba, ya existía el sábado inglés desde la ley provincial 3546, de 1932, pero con una jornada semanal de 44 horas, razón por la cual la ley de Onganía aumentaba cuatro horas, casi un 10%, la jornada semanal. El aumento de la jornada laboral cordobesa, produjo en gran descontento en las filas obreras y el inicio de una serie de movilizaciones, huelgas y asambleas que desembocarían en el Cordobazo, incluyendo una huelga general declarada por las dos CGT, para el día 30 de mayo.?

También los metalúrgicos estaban en conflicto debido a las llamadas “quitas zonales”, una facultad concedida por el ministro de Economía y Trabajo Adalberto Krieguer Vasena a los empresarios, para realizar en algunas provincias, descuentos sobre el salario pactado en las convenciones colectivas nacionales.

En el marco de esas movilizaciones obreras contra el sábado inglés cordobés, el 14 de mayo el SMATA, el sindicato más poderoso de Córdoba en ese momento, perteneciente a la CGT Azopardo bajo el liderazgo del dirigente Elpidio Torres, conocido como “El lobito” o “El Vandor cordobés”, realizó una asamblea con 3.000 obreros, a pesar de que la misma había sido prohibida por el gobierno provincial. El hecho desató la represión de la policía contra los asambleístas, que respondieron atacando a la policía y levantando barricadas hasta lograr que la policía huyera.

En diciembre de 1968, la concesión del comedor estudiantil de la Universidad Nacional del Nordeste, en Corrientes capital, fue adjudicada al hacendado Guillermo Solaris Ballesteros, un hombre muy conocido de la oligarquía provincial. Inmediatamente después de la privatización aumentó el valor del ticket por un almuerzo o cena en más de un 600%. Esto provocó que la gran mayoría de los 5.000 estudiantes de esa universidad ya no pudieran acceder a una comida decente por día. En marzo de 1969, cuando se reanudaron las clases, el centro de estudiantes llamó a boicotear al comedor.

El 15 de mayo se organizó una manifestación de más de 4.000 personas que recorrieron la ciudad exigiendo que bajen los precios tanto de los servicios universitarios como los de los comercios en general, la población estaba muy afectada por la política económica del gobierno de Onganía. La policía inició una violenta represión y comenzó a disparar. Hubo varios heridos y en la refriega cayó muerto de un balazo el estudiante de Medicina, Juan José Cabral. Esa noche, la CGT correntina llamó a un paro general para acompañar el cortejo fúnebre. El entierro de Cabral fue multitudinario.

Al día siguiente, el 17 de mayo, la rebelión se trasladó a la ciudad de Rosario. Los estudiantes organizaron una marcha por las calles del centro. La policía volvió a actuar con una violencia extrema. En la Galería Melipal, donde se había refugiado un grupo de estudiantes que escapaban de los gases lacrimógenos, cayó con un balazo en la cabeza Adolfo Roque Bello, un estudiante de 22 años, herido por el oficial inspector Agustín Lezcano. Murió seis horas más tarde en el Hospital Central.

Cuatro días más tarde, se organizó una "marcha del silencio" en honor a Bello. La manifestación arrancó con unos 1.500 estudiantes. El operativo policial fue de tal magnitud que los organizadores dudaron de seguir con la marcha y llegar al centro. Pero se fueron sumando obreros y estudiantes de las escuelas secundarias y la columna se hizo muy grande. La Guardia de Infantería provincial comenzó a atacar. Se levantaron barricadas, se encendieron fogatas y autos en las calles estrechas del centro y cerca del Monumento a la Bandera.

Un grupo de manifestantes tomó por unas horas los estudios de radio LT8. Cuando decidieron dejar el lugar, la policía comenzó a disparar sobre ellos y las balas alcanzaron a otro estudiante, Luis Norberto Blanco, de quince años. El 22, con la policía impotente para detener el estallido, el gobierno nacional declaró a Rosario como zona de emergencia y la puso bajo el mando del Tercer Cuerpo de Ejército. A pesar de eso, al día siguiente se decretó un paro general para acompañar el cortejo fúnebre con los restos de Blanco. Ese, también fue un entierro multitudinario. Las protestas se contagiaron en La Plata y Tucumán.

De esa manera llegaba a su cresta más intolerable la crisis iniciada menos de una semana antes en la lejana Universidad del Nordeste, la casa de estudios más pobre del país. Porque, al margen de las consecuencias políticas de los incidentes, más allá de la quiebra estruendosa de la imagen de paz social que laboriosamente había forjado el gobierno, la muerte del tercer estudiante se precipitó en un marco doblemente inquietante: por primera vez, si fuera verídica la versión oficial, los manifestantes se habrían defendido a balazos, perforando el hígado de un policía; y, también por primera vez en casi seis meses, el rumor de un inminente golpe de Estado hizo añicos la bucólica serenidad que hasta hace muy poco flotaba en los despachos oficiales.

El 1º de mayo de 1969, la policía impidió en Buenos Aires que se realizara el acto central de la CGT de los Argentinos  en conmemoración del Día Internacional del Trabajo. En Córdoba, a pesar de la prohibición, se llevó adelante un acto en el comedor universitario al que asistieron unos 600 estudiantes; en el cierre habló Agustín Tosco, que ya era una figura muy destacada en los círculos de izquierda de todo el país. Pidió la unidad de los trabajadores y los estudiantes, en el medio de una ovación generalizada. Esa misma noche, en la sede de la CGT cordobesa se hizo un asado al que asistieron casi todos los referentes políticos radicales y peronistas de la provincia. Otra muestra de unidad muy buscada desde hacía mucho tiempo.

LOS HECHOS

En la última quincena de mayo, Jorge Canelles, militante del Partido Comunista y sindicalista de la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA), le sugiere a Agustín Tosco, secretario del Sindicato de Luz y Fuerza de la ciudad, reunirse con Elpidio Torres, para organizar una gran protesta sindical que frenara los abusos policiales y las políticas anti-obreras. ? Se trataba de una medida audaz, porque ambos sindicatos estaban en centrales distintas y cuyas posturas ideológicas diferían radicalmente. Torres era un peronista ortodoxo y Tosco era simpatizante del Partido Comunista Revolucionario.

Torres y Tosco se ponen de acuerdo y a ellos se suma Atilio López, un peronista combativo que dirigía la Unión Tranviarios Automotor (UTA), también en la CGT Legalista. Los tres conformaron el núcleo que planificó y coordinó lo que después se conocería como el Cordobazo.

El lunes 26 de mayo las dos regionales de la CGT local convocaron conjuntamente a un plenario de delegados que decidió una huelga general con movilización en la provincia de 37 horas, para el jueves 29 y viernes 30 de mayo. La duración inusual de la huelga buscaba que la medida se iniciara cuando los trabajadores ya habían ingresado a los lugares de trabajo, con el fin de que abandonar las tareas a las 11.00 horas de la mañana y marchar hacia el centro de la ciudad. Los organizadores preveían así un primer día de huelga con una gran confrontación con las fuerzas de seguridad en el centro de la ciudad y un segundo día, con los trabajadores de regreso a sus hogares, que confluyera con la huelga general nacional declarada por las dos CGT.

Tosco se reunió con la Federación Universitaria de Córdoba, para informarles del plan que habían elaborado con Torres. La FUC, era “incondicional” de Tosco y comienza a preparar la participación del estudiantado en la huelga, convocando asambleas en todas las facultades con una asistencia de diez mil estudiantes.

Al movimiento obrero y el movimiento estudiantil, se suman organizaciones políticas clandestinas (los partidos políticos habían sido abolidos en 1966), en particular aquellas que integraban la Resistencia Peronista, muchas de las cuales venían sosteniendo que al gobierno de facto había que enfrentarlo mediante la lucha armada, creando organizaciones guerrilleras.? Pocos meses antes del Cordobazo había aparecido la “Tendencia Revolucionaria” del peronismo, en el Segundo Congreso del Peronismo Revolucionario reunido precisamente en Córdoba en enero de 1969, para definir a los grupos que se encontraban a favor de la lucha armada.

Los barrios también estaban organizados mediante centros vecinales y una Comisión Coordinadora de Centros Vecinales. En la zona suroeste, hubo mucha actividad, especialmente en los barrios obreros como Villa El Libertador, cercana a la planta de IKA-Renault y la gran cantidad de talleres pequeños y medianos que la proveían, así como en los barrios del sudeste, como “Villa Revol”.

Entre los preparativos se fabricó un centenar de hondas metálicas, recortes de metal, bulones y tuercas para ser utilizados como proyectiles, bombas molotov, ? y bolillas tomadas de los rulemanes, que fueron utilizadas para sembrar las calles y causar la caída de los caballos de la policía montada -la policía montada no volvió a usarse en acciones represivas y los reemplazó por motocicletas-. Algunas organizaciones distribuyeron en los sindicatos y las organizaciones estudiantiles, folletos para construir bombas molotov y clavos “miguelitos”, y técnicas para romper vidrieras y producir incendios. Los manifestantes también contaban con algunas armas de fuego de uso civil (especialmente revólveres y pistolas calibre 22 y 32 largo y carabinas calibre 22 largo).

En las jornadas previas al Cordobazo fue relevante también la actuación de varios sacerdotes tercermundistas. Tres días antes del Cordobazo, Tosco habló ante los estudiantes de la Universidad Católica de Córdoba, cuyo rector era le sacerdote jesuita Fernando Storni, en el salón de actos de la universidad, promoviendo un rol más protagónico de la federación estudiantil.

La Delegación Córdoba de la Policía Federal Argentina advirtió, través del jefe de la institución general ® Mario Fonseca al ministro del Interior Guillermo Borda sobre estos preparativos, los mismo hizo el delegado de la Secretaria de Inteligencia de Estado (SIDE) en Córdoba, coronel Conesa, al Secretario, General Eduardo Señorans.

El gobernador cordobés, Carlos José Caballero se reunió con el presidente Onganía para pedirle un refuerzo de seguridad. A la salida de la Casa Rosada aseguró a los periodistas que todo “es obra de elementos extremistas de filiación marxista que hay que neutralizar”.

Lo único que obtuvo el gobernador fue el envió de ciento cincuenta hombres adicionales de un nuevo cuerpo motorizado perteneciente a la Dirección de Orden Urbano. El cuerpo conocido como “brigada antiguerrillera” estaba al mando del comisario mayor Alberto “Tubo” Villar y eran hombres especialmente entrenados y con experiencia para hacer frente a disturbios callejeros. Pero, el gobierno de Onganía no tomó ninguna otra medida adicional para reforzar la seguridad en la provincia.

La mañana del jueves 29 fue una de las típicas del otoño cordobés. Amaneció fresco y soleado. La columna obrera principal salió de la fábrica de IKA-Renault a las 10 de la mañana. En la rotonda Las Flores se concentraron unos cinco mil obreros mecánicos del SMATA. De allí siguieron a pie hacia el centro por la Avenida Vélez Sarsfield, encabezados por Elpidio Torres, gritando la consigna de “¡Luche, luche, luche, no deje de luchar por un gobierno obrero, obrero y popular!”. A lo largo de toda la ruta hacia el centro, al costado de la avenida, se habían colocado miles molotov, miguelitos y piedras. Los policías de la Guardia de Infantería cordobesa estaban apostados en casi todas las esquinas del centro. 

Frente al Hogar Pizzurno se produjo el primer enfrentamiento entre los obreros del SMATA y la policía. Una parte de la columna entró a la Ciudad Universitaria y la otra se dirigió al barrio Güemes.

Frente a la Terminal vieja de 1969, se produjo el segundo enfrentamiento entre los obreros del SMATA y la policía montada. Ahí comenzaron a actuar lo que los sindicalistas denominaban “pelotones de organización”, compuestos por unos veinte trabajadores bien dispuestos cada uno. Estos grupos guiaban al resto por donde avanzar y cuando atacar con las hondas y las molotov.

En la Av. San Juan, en otro enfrentamientos cae asesinado el obrero del SMATA Máximo Mena, de 27 años, herido por un disparo realizado por un policía montado. El asesinato provocó una reacción en cadena y la salida a la calle de decenas de miles de personas que se sumaron a la protesta. En pocos minutos a los quince mil militantes que iniciaron la protesta, se habían sumado más de treinta mil personas, dispuestas a desalojar a la policía de la ciudad.

En la esquina de Colón y Gral. Paz, lugar de concentración del sindicato de Luz y Fuerza sale una columna con Agustín Tosco a la cabeza. Actualmente en ese punto, frente al Patio Olmos, se encuentra el monumento a Tosco. Allí se sumaron los estudiantes coreando la consignas de “¡Obreros y estudiantes unidos y adelante!”. A la columna de Tosco se fueron agregando grupos de obreros metalúrgicos.

De inmediato la policía comenzó a reprimir a los manifestantes con gases lacrimógenos, produciéndose el primer choque con trabajadores de Luz y Fuerza en la esquina de Gral. Paz y La Rioja, dos cuadras al norte del punto de reunión. ? Pero los manifestantes estaban preparados y resistieron con piedras, barricadas, molotov y fogatas para quemar los gases haciéndose fuertes en el Barrio Alberdi, con apoyo de la población y los elementos acumulados en casas y azoteas.

Las principales columnas obreras debían partir de las fábricas automotrices ubicadas al sur y al oeste de la ciudad, a varios kilómetros de distancia del centro. La UTA dio la orden de mantener los servicios para trasladar a los trabajadores de las fábricas hacia el centro.

Las imágenes de los medios de la época publicaron varias fotografías de la policía montada huyendo de los manifestantes y disparando sus armas de fuego. Por esos días adquirirá notoriedad un periodista cordobés que cubría los incidentes para el Canal 13 de televisión en medio de los gases, piedras y disparos: Sergio Villaroel.

La cantidad y movilidad de los manifestantes llevó a que en poco más de dos horas la policía agotara sus provisiones de gases lacrimógenos y combustible para los vehículos. En este último caso, los depósitos estaban en el Barrio Alberdi bajo control estudiantil. Ante esta situación, a las 13.00 horas la policía se retiró de la ciudad y se refugió en el Cabildo y en la Guardia de Infantería, en pleno centro, frente a la Plaza San Martín.? Para esa hora, cerca de 150 manzanas que abarcaban casi todo el oeste de la ciudad habían sido tomadas por los manifestantes.

Impotente frente a la protesta, el gobernador Juan Carlos Caballero pidió auxilio al Ejército. Los primeros efectivos militares recién llegaron a las 17:30. Los combates cesaron y durante cuatro horas y media la ciudad quedó en poder de 50.000 manifestantes, apoyados por la simpatía general del resto de la población.

Los revoltosos deciden asaltar y quemar en varios casos, objetivos simbólicos: todas las comisarías, ? el Círculo de Suboficiales del Ejército, las oficinas de la empresa estadounidense Xerox, la concesionaria de automóviles Técnicor, la Aduana, la agencia provincial de recaudación de impuestos, el Ministerio de Obras Públicas, la sucursal Avellaneda del Banco del Interior -sin tocar la caja fuerte-, la sede de Gas del Estado y la confitería Oriental, tradicional espacio de la élite cordobesa.? En total resultaron dañadas 31 casas comerciales, que fueron luego reparadas con créditos concedidos por el Estado.

A las 14:30 los manifestantes comenzaron a retirarse del centro, para dirigirse a sus barrios, defendidos por barricadas, alambres colocados a través de las avenidas, miguelitos y miles de botellas rotas. Las bombitas de alumbrado público fueron destruidas por los militantes con las ondas y, desde las 20.00 horas, el sindicato de Luz y Fuerza cortó la luz en toda la ciudad. El apoyo de la población en los barrios populares era amplio, abriendo las casas, aportando elementos para las barricadas y alimentos y agua para los militantes.

No había ninguna intención de enfrentar al Ejército, pero sí de organizar la autodefensa contra una represión indiscriminada, complicando y demorando la recuperación del control de la ciudad por parte del gobierno nacional.? Los barrios se llenaron de “pintadas” callejeras que decían “Este barrio está ocupado por el Pueblo”, “Soldado, no dispares contra tus hermanos”, “Soldado, rebélate contra tus oficiales asesinos”, “Barrio Clínicas, territorio libre de América”, “El pueblo al poder”, etc.

En ese momento, el comandante en jefe del Ejército era el Teniente General Alejandro Agustín Lanusse. Debajo estaba el comandante del III Cuerpo de Ejército, bajo cuya jurisdicción estaba Córdoba, el general Eleodoro Sánchez Lahoz. Al frente de las tropas que ingresaron a la ciudad fue colocado el general Jorge Raúl Carcagno,  jefe de la IV Brigada de Infantería Aerotransportada.

De inmediato el comandante del III Cuerpo dictó el primer bando militar imponiendo el toque de queda de noche y facultando a las fuerzas de seguridad a abrir fuego.

A las 16:15 ingresaron las primeras tropas al perímetro de la ciudad. El cuerpo principal estuvo integrado por la IV Brigada de Infantería Aerotransportada, los Regimientos de Infantería N°2 y N°14, el Grupo de Artillería N° 141, el Batallón de Comunicaciones y la Compañía de Arsenales N.º 4. El Grupo de Artillería N° 4 fue destinado a proteger el Liceo Militar General Paz. A las fuerzas del Ejército se agregaron efectivos de la Fuerza Aérea, para cubrir el área de Nueva Córdoba y aviones de combate para reconocimiento aéreo. ? Se ha especulado sobre las verdaderas intenciones de Lanusse y los hombres que estuvieron al mando de las fuerzas militares, demorando el ingreso a la ciudad, para deteriorar el poder de Onganía.

Los militares establecieron también un tribunal militar para juzgar y condenar sumariamente a los sindicalistas y manifestantes detenidos. Una de sus primeras medidas fue allanar las sedes sindicales y detener a los líderes del movimiento. El 29, el Ejército tomó control del centro, allanó las sedes de SMATA y Luz y Fuerza, deteniendo a sus dirigentes y abrió un paso a través del Barrio Alberdi, para establecer una vía de tránsito hacia los cuarteles.

La población no obedeció el toque de queda y miles de personas estaban en las calles, mirando la llegada de las tropas y en algunos casos gritando o mostrando carteles. Durante toda la noche ardieron las fogatas y sonaron disparos de las carabinas calibre 22 que utilizaban los manifestantes y las ametralladoras que usaban los militares.

Desde la madrugada del 30 de mayo el Ejército fue ocupando los barrios, despejándolos de barricadas y obstáculos, y colocando puestos de guardia que garantizaran el control de la ciudad. En el Barrio Alberdi se desalojó el Hospital de Clínicas. Fueron detenidas unas 300 personas, ? de las cuales 104 fueron enjuiciadas sumariamente por los tribunales militares.

A las 13:00 la situación aún no había sido controlada. A esa hora unas mil personas enfrentaron al Ejército en el barrio Clínicas y otras 500, marchaban por la calle La Rioja hacia La Cañada. Por la tarde aún seguían en pie varias barricadas sostenidas por los obreros mecánicos con apoyo de la población.

Durante todo el día continuarían los actos relámpago, pero con más dificultades. El último bastión fue el Hospital de Clínicas, rendido la noche del viernes 30. Al día siguiente aún hubo operaciones del Ejército, que recién tomo control completo de la ciudad el domingo 1 de abril.

El sábado 31 de mayo ya no se registran protestas. Los tribunales militares continuaron enjuiciando a los detenidos, entre ellos a los dos líderes del movimiento, Agustín Tosco -que fue condenado a 8 años- y Elpidio Torres -condenado a cuatro años-. Ese día se hizo presente en Córdoba el general Lanusse, para verificar la situación y realizar declaraciones a la prensa. La CGT de los Argentinos y la CGT legalista realizaron un comunicado conjunto denunciando el “proceder criminal y represivo de las llamadas fuerzas del orden” y sosteniendo que “las medidas del gobierno constituyen la caracterización de su condición de dictadura entreguista, antipopular y reaccionaria”. Ambas CGT declararon el lunes 2 de junio como Día de Duelo y decretaron la “situación de paro” que se concretaría con una nueva huelga por 37 horas el 17 y 18 de junio, con un acatamiento total. ? Las autoridades militares mantuvieron esa noche el toque de queda.

A partir del 30 de mayo fueron enjuiciadas 104 personas por el Consejo de Guerra Especial establecido por el III Cuerpo de Ejército. Fueron condenadas a penas de prisión en cárceles militares al menos quince personas, todas ellas varones. Los condenados cumplieron sus penas en instalaciones militares de La Pampa y Trelew, hasta noviembre de 1969, cuando Onganía dispuso la amnistía. Nunca se determinó con exactitud la cantidad de víctimas fatales que dejaron los enfrentamientos.

El Cordobazo fue el principio del fin para Onganía. El presidente respondió con un cambio de gabinete. Tres fueron los ministros más destacados: Adalberto Krieger Vasena dejó la cartera de Economía a José María Dagnino Pastore, Nicanor Costa Méndez en el Palacio San Martín fue reemplazado por el empresario Juan B. Martín, hasta entonces embajador en Japón y al abogado Guillermo Borda lo sucedió en el ministerio del Interior, el hasta entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, el general ® Francisco Guillermo Borda.

Para el comandante en jefe del Ejército, Alejandro Agustín Lanusse, la revuelta cordobesa fue un severo llamado de atención: “Yo intuí, ese difícil 29 de mayo de 1969, que algo estaba pasando en el país (…) Esa mañana, en Córdoba, reventaba todo el estilo ordenado y administrativo que se había venido dando a la gestión oficial (…) El 29 de mayo es el instante crítico que marca el fracaso político de la Revolución Argentina”. El 2 de junio de 1969 habrá de declarar al diario La Prensa: “Córdoba ha vivido ayer un día terrible que pasará a la historia. El 17 de octubre es pálida sombra de lo ocurrido ahora”.

El estallido produjo un cambio en las relaciones entre Onganía y los Comandantes en Jefe de la Fuerzas Armadas, hasta entonces prescindentes de la gestión presidencial y ahora se hablaría de control y gobierno paralelo. Estaba en marcha el reloj que sacaría a Onganía de la presidencia un años más tarde, tras el secuestro y asesinato del expresidente Pedro E. Aramburu.

COLOFÓN

Algunos miembros de la generación que protagonizó el “Cordobazo” pasaron de los veinte a los treinta años en la lucha armada y la “clandestinidad”. Los que sobrevivieron pasaron de los treinta a los cuarenta años en la cárcel o el exilio. En la década de los ochenta cuando llegó la democracia unos pocos se reciclaron como políticos burgueses abandonando sus sueños revolucionarios de lucha armada y adoptando un discurso más moderado, pero guardando un profundo sentimiento de venganza y revancha histórica.

Los que no fueron capaces de aggiornarse e insertarse con éxito en el establishment permanecieron como nostálgicos setentista de pelo largo. Hoy la mayoría de quienes pasaron en su juventud por esta experiencia son ancianos que escriben su memorias y cuentan a sus nietos, y a las generaciones que desconocen la historia, relatos de un heroísmo revolucionario que nunca existió realmente y con el que, en muchos casos, pretenden ocultar sus crímenes del pasado.

Autor: Adalberto Agozino

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