SEGURIDAD
Lunes, 18 de Junio de 2018 | Hace 5 meses

MIRANDO LA MUERTE

Un placer malsano por observar, conocer y hasta hurgar en los aspectos más íntimos de otras personas puede ser también la base de un delito.

EL VOYERISMO COMO TENDENCIA

La sociedad global a comienzos del siglo XXI tiene diversas características, la mayoría de ellas no han sido debidamente estudiadas. Una de estas es un placer malsano por observar, conocer y hasta hurgar en los aspectos más íntimos de otras personas. la difusión de conductas voyeristas.  Los testimonios de esta tendencia son numerosos. En tal sentido pueden citarse las persecuciones de los “paparazzi” a celebridades o los reality show al estilo de “Gran hermano” que hacen furor en la televisión de diversos países.

En algunos casos, el placer patológico por observar la vida de los demás, y la explotación comercial que de él se realiza, termina en tragedia. Tal el recordado caso de Lady Di. Así también el voyerismo puede derivar en actividades criminales de diversa naturaleza, como las películas snuff y otras similares.

FILMANDO LA MUERTE

El voyerismo patológico presenta aplicaciones criminales cuando se filman escenas de violencia explícita donde las víctimas son reales y no ficcionales y donde tampoco se emplean trucos, efectos especiales o artilugios de ninguna naturaleza para simular los actos violentos. Tales películas son conocidas como “snuff”, “white heat” o también “the real thing”, aunque la primera denominación es la más usual.

Las películas snuff son filmaciones de violencia explícita que contienen escenas de violaciones, muertes y asesinatos donde supuestamente las víctimas son reales. Este tipo de material fílmico ilegal suele comercializarse en circuitos clandestinos de la industria del sexo, redes de pedófilos, sectas satanistas, adictos al sexo duro tales como sadomasoquistas, etc. Aunque, con cierta frecuencia, algunas de estas películas terminan por ser difundida a través de Internet.

Mucho se ha discutido sobre si estas filmaciones registran hechos reales o tan sólo excelentes efectos especiales y hábiles montajes. Los fanáticos de estas películas –entre quienes seguramente se cuentan sus productos- defienden su autenticidad. Mientras que las autoridades policiales de todo el mundo se empecinan en negar su existencia afirmando que todas las películas snuff conocidas son trucadas. Los funcionarios temen que reconocer su autenticidad aliente a imitadores –copy cat- y estimule la producción comercial de estas filmaciones. Cuando una película de violencia explícita ha sido trucada y los actores interpretan un papel sin sufrir heridas o ultrajes reales reciben el nombre de “Guinea pig”.

Reales o trucados los “filmes snuff” constituyen una leyenda urbana en la sociedad tecnotrónica actual y merecen la atención particular de la psicología criminal.

PELÍCULAS SNUFF

El término “snuff filme” fue empleado por primera vez, en 1971, por Ed Sanders, en su obra “The store of Charles Manson’s dune buggy attack battalion”. El libro, dedicado al estudio de los crímenes de la “familia” liderada por Charles Manson, atribuye a este asesino masivo y sus secuaces la realización de este tipo de filmaciones.

La palabra “snuff” para denominar a la muerte es muy anterior. El término fue empleado por el escritor británico Edgar Rice Burrough, en 1916, en el texto de su libro “Tarzán and the jewels of Opar”, como sinónimo de “muerte”. Más tarde, en 1962, el escritor Anthony Burgués, empleó la frase “snuff it”, como sinónimo de “morir”, en su libro “A clockwork orange”.

La denominación de “snuff film” surgió poco después, en 1976, precisamente en la película “Snuff”. Un filme de horror, elaborado para aprovechar la conmoción social provocada por los asesinatos del clan Manson. Los productores hicieron circular la versión de que el filme contenía escenas de violencia real.

Lo más cercano a una película snuff serían las supuestas filmaciones que habría realizado el asesino serial David Berkowitz, más conocido como el “Hijo de Sam”. Estas cintas habrían circulado dentro de la secta satanista estadounidense conocida como “La iglesia de Satán”. Algunos afirman que la filmación del asesinato de Stacy Moskowitz , ocurrido en Brooklyn en 1977, habría sido realizada con el objeto de vender la cinta a Roy Radin, un empresario de Long Island. Radin, un conocido coleccionista de películas pornográficas, al parecer quería agregar un filme snuff a su colección. También según esa versión se habrían hecho diez copias de la filmación, pero nunca se encontró ninguna de ellas.

Al producirse el asesinato de la profesora de inglés, Odile Briant, el 13 de julio de 1984, en las afueras de la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, la prensa especuló que la docente había sido protagonista y víctima de una película snuff. No obstante, nunca apareció ninguna prueba en tal sentido ni se encontró al asesino…

Unas filmaciones snuff que si fueron halladas por las autoridades policiales y que fueron empleados como prueba judicial fueron las realizadas por el matrimonio de violadores y asesinos seriales formado por el contador Paul Bernardo y su esposa Karla Homolka, en Toronto, Canadá.

Bernardo, con ayuda de su esposa, acechaba a mujeres jóvenes y adolescentes en las paradas de autobuses de distintas localidades de la provincia de Ontario. Una vez seleccionada la víctima, esta era intimidada con armas de fuego, obligada a dirigirse a un lugar apartado y violada analmente.

Las víctimas sumaban decenas de casos, algunos de ellos, como los de Kristen French, Leslie Mahaffy y Tammy Homolka –hermana de Karla- terminaron en asesinato.

A ser detenidos Bernardo y Homolka, en 1993, la Real Policía Montada, halló filmaciones caseras de muchos de los ataques, junto con vídeos pornográficos y de asesinos seriales. Las filmaciones fueron vistas durante el proceso penal por contadas personas, los abogados y personas del tribunal. Después de ser empleados como evidencia fueron destruidos.

Aunque algunos especialistas consideran que este tipo de filmaciones no constituyen propiamente “snuff films” porque no encierran un propósito comercial, sino que forman parte de la patología del asesino serial que conserva “trofeos” que le permiten revivir el placer o excitación que siente al efectuar sus crímenes.

LOS REALITY DE LA MUERTE

En la misma línea de los “snuff films” se sitúan una gran cantidad de vídeos que registran asesinatos protagonizados por terroristas, suicidios o atentados a personalidades que se produjeron ante el lente de una cámara. Pueden citarse como ejemplo de ellos las decapitaciones de soldados y contratistas norteamericanos a manos de terroristas yihadistas en Irak, los suicidios de Ricardo Cerna y Budd Dwyer, los magnicidios del primer ministro israelí Yitzhak Rabín e incluso del presidente John F. Kennedy y la filmación de tragedias tales como el estallido de la misión STS107 del transbordador espacial Columbia, el 1° de febrero de 2003.

La observación patológica de escenas reales de violencia y muerte incluso de ve propiciada por la inclusión de filmaciones reales en películas documentales o de ficción tales como la inclusión de la filmación Zapruder sobre la muerte de Kennedy en el filme comercial “JFK” del director Oliver Stone. En programas televisivos como “Faces of death” o “World’s Wildest PoliceVideos”, aunque en este último las escenas más violentas son editadas.

Esto demuestra un interés comercial por la difusión de escenas de violencia explícita. En 1994, Rusia estuvo expuesta a un gran caudal de vídeos mostrando asesinatos reales, filmados durante la Guerra de Chechenia (1991 – 1994), algunos de los cuales todavía pueden conseguirse clandestinamente en ferias informales como la de Ismailovo.

En Vietnam, el gobierno distribuyó vídeos de ejecuciones a los efectos de disuadir a los criminales de ese país.

Recientemente, un vídeo mostrando una ejecución real fue proyectado repetidas veces en todos los canales televisivos del mundo alentando la curiosidad morbosa de la población. El 30 de diciembre de 2006, al ser ejecutado el expresidente Saddam Hussein, se efectuó una filmación de dos minutos y treinta y ocho segundos, de una calidad mediocre, tanto en imagen como en sonido, probable grabada con un teléfono celular por alguno de los asistentes al ajusticiamiento.

Las imágenes mostraban primeramente la escalera que llevaba a la horca, una instalación de metal roja. La sala era visiblemente demasiado pequeña para el gran número de testigos. Por lo que más que una ejecución el hecho adquiría el tono macabro de un linchamiento.

La imagen aparecía salpicada por los flashes de las cámaras fotográficas. Uno de los verdugos aparecía ajustado la cuerda y ciñéndola un poco más sobre la piel de Saddam.

El exdictador no dejaba entrever ningún signo de emoción. Aunque le esperaba la muerte inminente, dio muestra de un aplomo difícil de creer, al tiempo, que empezaba a recitar la última plegaria. Nuevos flashes. Un estrépito metálico, la compuerta se abrió antes de que Saddam finalizara su plegaria.

La filmación muestra al cuerpo del ajusticiado se desplomándose brutalmente en el vacío. En la cinta se aprecian varios segundos de confusión. La cámara trata de fijarse sobre el cadáver, que todavía se balancea.

Aproximadamente, unos veinte segundos de este vídeo fueron difundidos por la televisión pública iraquí y reproducidos por la televisión mundial. Luego el vídeo completo se difundió por Internet.

MUERTE REAL Y MUERTE FICTICIA

Las películas snuff también se convirtieron en una temática para el cine comercial, así lo registraron películas como “Hardcore”, de Paul Schrader (1979), “Tesis” de Alejandro Amenábar (1996) o la célebre “8 mm” protagonizada por Nicolás Cage (1999).

El interés por los snuff movies llevó a los japoneses a crear películas de ficción que simulaban contener escenas de violencia explícita. Así nacieron, a finales de la década de 1990, los “Guinea Pig”, inspirados por los crímenes de Tsutomu Miyazaki. Un predador serial que victimizaba a niñas en edad preescolar.

El más sangriento de estos vídeos es “Flower of flash and blood”. En la película una mujer, aparentemente bajo los efectos de drogas, aparece encadenada a una cama mientras un hombre vestido de samurai la mata lentamente torturándola y desmembrándola. El filme es tan realista, que el actor Charlie Sheen, quien lo vio en una fiesta, alertó al FBI pensando de que se trataba de la filmación de un asesinato real.

Los productores de este filme, para evitar acciones judiciales, debieron difundir “The making of Guinea Pig” y presentar a la actriz protagonista viva para demostrar el trucaje.

No obstante, los guinea pig siguen filmándose y constituyen un lucrativo negocio para el cine de bajo costo.

Por último, quedaría analizar otro tipo de reality violentos: los “happy slapping”, cuya traducción aproximada sería “tortazo feliz”. Esta patológica modalidad de voyerismo parece haber comenzado entre los adolescentes británicos en el año 2004. Las reglas son tan sencillas como crueles: los jóvenes, generalmente encapuchados o con pasamontañas, eligen una víctima, por su aspecto, raza o cualquier otra característica que despierte su atención, y la someten a toda suerte de agresiones y vejámenes. Mientras el ataque tiene lugar uno de los adolescentes grava los hechos con su teléfono celular o con una vídeo cámara.

Al cabo de unas pocas horas, las imágenes de la agresión están disponibles en diversos foros especializados de Internet, que también sirven para que los jóvenes criminales hagan alarde de sus ataques como “actos heroicos” y organicen futuras actividades.

Al parecer esta modalidad nació de la imitación de programas televisivos que se basaban en propinar pesadas bromas y hasta agresiones a sus participantes. Pronto se expandió de tal manera que fue un problema grave en el Reino Unido, en Francia –donde dio lugar al nacimiento de una legislación especial prohibiendo difundir escenas de violencia a través de la Internet-, Alemania, España y otros estados europeos.

La moda del “happy slapping” no es privativa de sectores marginales, sino de jóvenes de clase media y hasta de niños en edad escolar. Los ataques suelen ser realizados por grupos de diez a quince adolescentes, cuyas edades promedios rondan los 13 a 16 años, que en muchos casos no cesan sus ataques hasta que la víctima pierde el sentido o muere.

Este tipo de modas agresivas y estos comportamientos antisociales que los nuevos avances tecnológicos han hecho posibles tienen una dimensión especial por dos razones. No persiguen un beneficio económico, como podría ser el robo, ni siquiera los justifica alguna motivación ideológica o alguna insatisfacción cultural, ninguna rebeldía contra el sistema o los poderosos. Son básicamente actos hedonistas, sádicos y malvados, cuyo único propósito es obtener un efímero placer dañando al semejante. Son actos inmorales en estado puro.

El segundo término, porque elevan al rango catastrófico el tradicional problema de la incorporación de nuevas tecnologías. Cada vez que surge una tecnología de impacto universal, como el teléfono o la televisión, por citar unas pocas, se hace evidente la necesidad de educar al gran público en su uso y aprovechamiento. Esto tiene dos estratos: uno tecnológico –como operar la nueva tecnología- y otro cultural –como usarla con sensatez y responsabilidad.

A MODO DE SÍNTESIS

Podemos describir algunas características comunes a estos tipos de modalidades criminales:

1.- Se basan en el placer sádico que algunas personas encuentran en observar actos de violencia extrema.

2.- Aprovechan para su realización de los nuevos adelantos tecnológicos: fundamentalmente la Internet, las video cámaras, los teléfonos celulares.

3.- Son expresiones de violencia extrema que se desatan en la mayoría de los casos sin provocación o motivación alguna. Tan sólo por el placer de ver sufrir al semejante.

4.- Expresan el aislamiento y alto grado de frustración en que viven algunos sectores de la población urbana.

 

Autor: Adalberto Agozino

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